Fusión de las Hdades. Sacramental, de Ánimas y de la Concepción

Se sabe que un primer intento de unión tuvo lugar en el siglo XVII. En efecto, en 1662, Pedro Moreno, mayordomo de la Hermandad Sacramental, solicitó al Arzobispado licencia para unificar dicha Corporación con la Hermandad de Ánimas y con la Hermandad de la Concepción, sitas en la misma parroquia de San Sebastián. La resolución favorable se dictó el 16 de marzo de aquel año. Posteriormente, en 1665 el diputado de las tres Hermandades reunidas en 1662 solicitó al Arzobispado la anulación de un cabildo celebrado por algunos hermanos por no contarse con la concurrencia obligada. De los autos se desprendía que las cofradías reunidas aún no habían acordado Ordenanzas para su gobierno, de lo cual derivaba la ilegalidad del cabildo anterior. Por esta razón, el Sr. Provisor ordenó que se hicieran nuevas elecciones. Finalmente, las Ordenanzas se acordaron el 8 de julio de 1665, si bien la fusión no llegó a formalizarse definitivamente por motivos que se desconocen.

Sí se consumó, en cambio, la fusión acordada a principios del siglo XIX. Anteriormente nos dice el padre Flores que se habían recogido las Reglas antiguas de las tres hermandades por la Audiencia de Sevilla como por los años 1780, no habiéndose tenido presentes para la formación de las nuevas y fijar la época de la fundación de cada una de ellas. Por fin, el 18 de noviembre de 1816 “quedaron arregladas y uniformadas las Ordenanzas de las tres Hermandades, reunidas en Cabildo General de todas tres”. Más tarde, el 2 de julio de 1817 se emitió dictamen sobre las mencionadas Ordenanzas por el Fiscal de S. M. el Rey, sin encontrarse en ellas “cosa que se oponga a las buenas costumbres ni a las Regalías del Soberano”. Estas reglas, que se conservan en el archivo de la Hermandad, fueron aprobadas el 7 de noviembre de 1818 por el Ordinario y el 6 de noviembre de 1819 por el Consejo de Castilla. La unión de estas tres hermandades, “sin perjuicio de la antigüedad que tengan o puedan tener”, se solemnizó el domingo 27 de agosto de 1820 con una función de acción de gracias, predicada por el padre Leandro José de Flores. Al ofertorio de la Misa se hizo voto de Concepción en manos del celebrante, no sólo por los hermanos, sino también por la mayor parte del vecindario que concurría y por el Ayuntamiento, que solemnizó con su asistencia la función de la mañana y las vísperas y procesión de la tarde, que con S. M. en la custodia de Santiago (o de Santa María) se hizo por la calle del Monte hasta la plaza de las Carnicerías, volviendo por la de La Plata y Hartillo a la parroquia. Hubo música, luminarias y fuego.

En 1821 se consiguieron del papa Pío VII numerosas gracias, indulgencias, jubileos y altares privilegiados, y la reunión con la Buena Muerte y Minerva de Roma. Al efecto se previno que se presentaran todos los breves y escritos a la Comisaría General de Cruzadas. Puesto el pase correspondiente el 3 de diciembre de 1821, la documentación llegó a nuestro pueblo el 8 de diciembre siguiente. Relata el padre Flores que “habiendo llegado a esta villa el día 8 de diciembre antes de principiarse la función a Nuestra Señora, se anunciaron al pueblo dichas gracias por él mí el predicador. A la noche salió el rosario de gala con música y con la imagen de la Concepción en su paso, subiendo hasta el Barrero y bajando hasta los cantillos de San Juan de Dios, colgada toda la estación y usándose cohetes y ruedas de fuego”. .

También por el padre Flores se sabe que estas Hermandades tenían esquila propia en la torre que había sobre la capilla de Concepción; mas en la obra de 1831 se quitó y mandó poner en la torre de la parroquia. A lo cual nuestro ilustre paisano agrega que se contaba con aparato para las funciones de iglesia en altar mayor con corona imperial que donó D. Álvaro Ortiz Tamayo y varias alhajas de plata cedidas por D. Juan Baso Báñez de Tejada y Dª Catalina Melgarejo. En fin, la hermandad de Concepción, entonces ya fusionada con la Sacramental y con la Ánimas, continuaba la devoción diaria del rosario a prima noche, teniendo también las mujeres su congregación bajo este título y con el mismo objeto.

Durante el resto del siglo XIX la historia de la Hermandad prosigue con la celebración de los cultos establecidos en las reglas, entre los que destaca la solemne función anual en honor de la Inmaculada, con asistencia de autoridades y fieles. De esta época se conserva un inventario de 13 de noviembre de 1873 y el libro de asiento de hermanos y hermanas, desde 1863 hasta los primeros años del siglo XX.

En 1904, con motivo del L Aniversario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción por Pío IX hubo procesión con la imagen de la Virgen sobre unas parihuelas, haciendo estación de penitencia en la Iglesia del Convento de Santa Clara para que fuera venerada por la Comunidad de Franciscanas Clarisas. Por dificultades debidas a las gradas que hay en la puerta de la mencionada Iglesia y por temor a que la imagen se cayese, hubo necesidad de colocar las parihuelas en el suelo y de deslizarlas por el pavimento.

En 1929, siendo Hermano Mayor el insigne alcalareño D. Agustín Alcalá y Henke se celebró también una solemne procesión con la imagen de Nuestra Señora con motivo del LXXV aniversario del Dogma de la Inmaculada Concepción el 22 de diciembre a las tres y media de la tarde. La Hermandad del Santo Entierro facilitó uno de sus pasos. La procesión salió por la puerta del templo que existía hacia la calle San Sebastián, subió hasta el Barrero y bajo hasta el Ayuntamiento, que asistió corporativamente.

Poco después la historia de la Hermandad conoce graves desgracias, que terminan por sumirla en un período de profunda crisis, que se salvó con la fusión con la Hermandad de penitencia (1949), como más adelante se dirá.

Así, en la madrugada del 18 de julio de 1936 moría asesinado el que fuera su Hermano Mayor, Don Agustín Alcalá (1892-1936). Don Agustín era doctor en Derecho, si bien su trayectoria profesional discurrió en el ámbito agrario, especialmente en el negocio aceitunero a través de la firma “García Alcalá y Compañía”. Como empresario destacó por su moderna visión del negocio de la aceituna de mesa, pues inició su explotación industrial mediante almacenes de aderezo tan populares en Alcalá durante décadas que destinaban su producción fundamentalmente a la exportación al mercado norteamericano. Don Agustín creó numerosos puestos de trabajo y mostró una especial preocupación social, en línea con la doctrina de la Iglesia. Estuvo siempre dispuesto a atender las legítimas reclamaciones de los trabajadores y se mostró en todo momento proclive a la superación de conflictos mediante la negociación y el diálogo. La noche del 17 de julio de 1936, mientras se encontraba acompañado de unos amigos en el casino que se hallaba en la calle Nuestra Señora del Águila, frente a la casa donde nació según atestigua la lápida allí colocada, recibió tres disparos por la espalda de unos desconocidos que se dieron a la fuga. Trasladado urgentemente a Sevilla, falleció a la una de la madrugada siguiente habiendo perdonado antes a sus enemigos. Sus restos se encuentran sepultados en la Capilla del Sagrario de San Sebastián, cuya reconstrucción fue sufragada por la Asociación de Exportadores de Aceituna de Mesa de Sevilla en memoria de Don Agustín, que durante años fue su Presidente. En 1986, al cumplirse el cincuenta aniversario de su muerte, se celebró en la Capilla de los Salesianos un acto en memoria de Don Agustín gracias a la iniciativa de Don Francisco Caraballo.

Por lo demás, la madrugada del 19 de julio se produjo el incendio de los templos de nuestra ciudad, entre ellos el de la parroquia de San Sebastián, que quedó únicamente con sus muros y con su torre espadaña. Prácticamente todo el patrimonio de la Hermandad desapareció, pues sólo se salvó la esquila que estaba en el adosado de la torre; la corona imperial de plata, por encontrarse depositada en el domicilio de un hermano y el viril de plata, en cuya base se encuentra la siguiente inscripción: “Se iso este relicario siendo Mº Alonso García Miren i Ivan Ballesteros – Año 1713”. Este viril se salvó providencialmente, al quedar protegido por otros elementos que le cayeron encima durante el incendio. Fue descubierto entre los escombros por el celoso sacristán D. Miguel Comesaña y posteriormente se procedió a su restauración. Sin duda, la pérdida más lamentable para la Hermandad consistió en la destrucción de la bellísima talla de la Inmaculada obra de Duque Cornejo.

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